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DE UN PADRE A SU HIJO

DE UN PADRE A SU HIJO

LA FAMILIA

DE UN PADRE A SU HIJO    REFLEXIONES DE VIDA

El padre entró despacito en la habitación del hijo que dormía tranquilamente y habló como quien tenía mucho a considerar:
– Escucha hijo mío: digo esto, mientras tú duermes con la mano bajo el rostro y los cabellos pegados en tu frente húmeda.
– Hace unos pocos minutos, leyendo mi periódico, un intenso remordimiento se apoderó de mí.

Inquieto, me acerqué a tu cama.
– Pensaba esto, hijo mío: fui antipático contigo; te reprendí cuando te vestías para ir a la escuela y porque no te lavaste la cara con cuidado.
– Te hable ásperamente al ver tus zapatos sucios.

Grité, enojado, cuando dejaste tus cosas en el suelo.
– En el desayuno, también encontré pretextos para refunfuñar.

“Tú derramas la leche en el mantel; devoras en vez de comer; pones los codos sobre la mesa; pones mucha manteca en el pan”
– Y, cuando salimos, tú para jugar y yo para tomar el ómnibus, te volviste, me diste adiós con la mano y gritaste: “¡hasta luego papito!”

Me puse serio y, como respuesta, te dije: ¡endereza esos hombros!”
– Por la tarde, todo empezó otra vez. Venía andando por la calle y te vi arrodillado en el suelo jugando;
tus calcetines rotos: te humillé ante tus compañeros, mandándote que marchases delante mío para dentro de casa.

“Los calcetines son caros y si tú tuvieras que comprarlos tendrías más cuidado.”
– ¡Imagínate, hijo, oír eso de un padre!

– ¿Recuerdas cuando, más tarde, estaba yo leyendo en la sala y tú entraste tímidamente, con un rasgo de aflicción en la mirada?
Levanté el periódico, impaciente por la interrupción, y tú titubeaste en la puerta.
“¿Qué quieres?”.
Gruñí.

– Tú no dijiste nada, corriste por la sala y, de un salto, te abalanzaste sobre mí, me abrazaste,
me besaste y tus bracitos me apretaron con el amor que Dios hizo florecer en tu corazón y que ni siquiera mi frialdad conseguía reprimir.

– Bien, hijo, fue poco tiempo después de esto que el periódico resbaló de las manos
y mi espíritu se vio sacudido por una preocupación terrible: “¿qué será de mí, si me esclavizo a este hábito de vivir insultando, estar siempre reprendiendo?”

– ¿Es la única recompensa que te doy por ser un niño sano?
No es verdad que no te ame; es que quería exigir demasiado.
Medía tu juventud por la magnitud de mi edad.

– ¡Y hay tantas cosas buenas, excelentes y verdaderas en tu carácter!
– Tu pequeño corazón es tan amplio como la propia aurora que baja sobre los montes.
– La prueba estaba en aquel impulso espontáneo de venir corriendo para besarme y darme las buenas noches.

Nada más vale esta noche, mi hijito.
– Me acerqué a tu cama, en la penumbra, y me arrodillé, avergonzado, tal como una pequeña penitencia.

Sé que tú no entenderías estas cosas si te las dijera mientras estás despierto, pero mañana seré un papito de verdad.
– Seré más que un amigo; sufriré cuando tú sufras; me reiré cuando tú sonrías;
y me morderé la lengua cuando, de ella, broten palabras impacientes.

– Diré repetidas veces, como una oración: “él es apenas un niño, un chiquillo.”
– Sospecho y temo que te haya tomado por un hombre.
Entretanto, mi hijo, contemplándote ahora,
encogido y cansado sobre la cama, me convenzo de que tú eres apenas un chiquitín.

– Se puede decir que aún ayer tú dormías en los brazos de tu madre con la cabeza apoyada en su hombro.
– ¡Pedí demasiado, pedí demasiado!

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